¿Por qué cooperar? Causas que originan las desigualdades en el mundo.


 

¿Por qué cooperar?

Para responder semejante pregunta es importante analizar previamente cuáles son las causas que hacen necesaria la cooperación, es decir, intentar desmenuzar y entender cuáles son los mecanismos que originan las desigualdades en el mundo.

Actualmente nos encontramos ante un proceso de globalización en el que se está evidenciando que la interdependencia de la población mundial, en términos económicos, tecnológicos, sociales, culturales y de organización política es cada vez mayor.
El proceso de globalización económica, a partir del cual se pretende crear un gran mercado en todo el mundo, tomó el definitivo impulso con la caída del muro de Berlín y el fin de la política de bloques en la última década del siglo XX. Este siglo XXI nace pues, con ese proceso en construcción, en el que la ideología neoliberal se está imponiendo en todos los rincones del planeta, de manera que se están desarrollando las políticas para que caigan las barreras que todavía hoy impiden al capital y a las leyes del mercado regular los procesos de producción y la comercialización de todo tipo de bienes y servicios.

Desde Tidus Coop. te invito a que accedas al artículo «Evolución del desarrollo«

No obstante, el propio programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) advierte que mientras la integración global se está produciendo a gran velocidad y con alcance asombroso, la mayoría del mundo no participa de sus beneficios.

Distribución de renta por países

Las nuevas reglas de la globalización, y los actores que las escriben, se centran en la integración de los mercados globales, descuidando las necesidades de las personas que los mercados no pueden resolver. De esta forma, el proceso de globalización
económica concentra aún más el poder y margina a los sectores más empobrecidos
(PNUD, 1999).

Esperanza de vida al nacer en el mundo
Esperanza de vida al nacer en el mundo

Asimismo, es importante señalar que el propio proceso liberalizador entra en contradicción cuando, por un lado, pretende hacer desaparecer barreras para el capital, y por otro, construye otras que tienen la intención de frenar los procesos migratorios del Sur hacia el Norte. Este hecho, además de contradictorio, es profundamente injusto, ya que tanto el proteccionismo como los movimientos migratorios han sido fenómenos indispensables para que se diera el actual desarrollo económico en los países del Norte. Por el contrario, en la actual etapa neoliberal, a los países del Sur no se les permite ni una cosa ni la otra.

Así pues, nos encontramos, ante sorprendentes contradicciones difíciles de ignorar.
Por un lado, somos capaces de crear nuevas tecnologías que permiten conseguir niveles de producción para satisfacer las necesidades materiales básicas de toda la población mundial y que posibilitan conectar un mundo que cada vez se nos hace más pequeño, gracias a la red virtual y a los nuevos medios de transporte. Sin embargo, nunca como ahora, la concentración de la riqueza y las desigualdades económicas, de derechos y de oportunidades entre los pueblos enriquecidos y los empobrecidos han sido tan grandes.

Según el informe del PNUD de 1999, los activos de los tres principales multimillonarios del planeta son superiores al PNB combinado de todos los países más empobrecidos y sus 600 millones de habitantes. De la misma manera, se observa como las desigualdades entre los pueblos se han acentuado hasta niveles escandalosos, en vez de reducirse. Así, si en 1820 el 20% más rico de la población mundial ganaba 3 veces más que el 20% más pobre, en 1870 las diferencias ya eran de 7 a 1. A principios del siglo XX, en 1913, estas diferencias aumentaron a una proporción de 11 a 1, y eran de 30 a 1 en 1960. En 1990 pasaron a ser de 60 a 1, hasta llegar a la proporción descomunal de 74 a 1 en 1997. El mismo informe expone que el 20 por ciento más rico de la población mundial controla el 86 por ciento del PIB mundial y el 82 por ciento de las exportaciones de bienes y servicios, mientras que el 20 por ciento más pobre apenas llega al 1 por ciento del PIB y las exportaciones.

Este desequilibrio brutal se traduce en diferencias en todas las manifestaciones de bienestar humano: en los países más empobrecidos del planeta la esperanza de vida se sitúa cercana a los 50 años (25 años menos que en los países más enriquecidos); la tasa de alfabetización de adultos es del 49,2% frente al 98,6%; la falta de escolarización afecta a 125 millones de niños entre 6 y 11 años,… Detrás de estas frías cifras no se esconden realidades homogéneas, donde la riqueza o la precariedad estén distribuidas de forma regular entre la población. Existen bolsas de pobreza en los países del Norte, en las que la esperanza de vida y la alfabetización distan mucho de índices tan elevados; al igual que minorías privilegiadas en los del Sur, con niveles de bienestar humano mucho más elevados que los de un entorno donde la gran mayoría de la sociedad vive en condiciones muy vulnerables, especialmente los niños, las mujeres y los pueblos indígenas. Según el PNUD (1999), los países de la OCDE también han registrado grandes aumentos de la desigualdad después de los años 80, especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido, países éstos donde se empezaron a desarrollar las políticas económicas neoliberales. De tal forma, al hablar del binomio Norte-Sur deberíamos referirnos, más que a la separación física entre países de un u otro hemisferio, a aquellas desigualdades, existentes en todo el planeta, entre clases sociales con distintas oportunidades.

comparación entre ventas de armas

Estas desigualdades socioeconómicas tienen unas causas estructurales. Entenderlas se hace imprescindible para justificar el por qué de las acciones de cooperación. Haciendo una lectura de la historia se puede afirmar que la prosperidad de las sociedades que han ido accediendo a niveles de bienestar y la precariedad en la que viven miles de millones de personas no son realidades independientes, sin relación una con la otra. Ha habido y siguen habiendo, por tanto, procesos de enriquecimiento de unos pocos gracias al empobrecimiento de muchos. Dicho en otras palabras: la riqueza de la minoría descansa sobre la pobreza de la inmensa mayoría.

Así pues, una primera causa de estas enormes desigualdades radica en la propia historia, ya que las metrópolis levantaron su actual bienestar sobre largos siglos de colonialismo en los que expoliaron los recursos naturales del Sur y explotaron impunemente a las poblaciones locales para la obtención de los mismos. Esa impunidad con la que actuó el Norte durante la larga noche colonial le sirvió para afianzar en gran medida su poder hegemónico y, posteriormente, su desarrollo económico e industrial. Aún es momento que los países del Norte reparen esa deuda histórica y ecológica que todavía deben a sus antiguas colonias.

Desde Tidus Coop. también ofrezco la siguiente lectura en relación a «¿DÓNDE ESTÁ LA COOPERACIÓN PARA EL DESARROLLO?-ÁFRICA DESEMBOLSA 440.000 MILLONES DE EUROS CADA AÑO A FRANCIA.«

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Hoy día, los países del Sur, aun haber conseguido su independencia política, siguen siendo dependientes económicamente porque con la independencia no se acabó con las causas estructurales que siguen provocando desajustes económicos en las relaciones financieras, comerciales y productivas dentro del actual sistema económico internacional. Dicho orden mundial está basado en la entronización del llamado libre mercado, por lo que juega a favor de los intereses de las grandes empresas y bancos multinacionales frente los derechos económicos, sociales y culturales de la población mundial. Sólo de esta manera se explica que el valor bursátil de las 10 primeras multinacionales supere el PIB sumado de 150 de los 189 Estados miembros de la ONU (PNUD, 1999).

Así pues, los estados del Norte, en complicidad con dichas organizaciones multinacionales, siguen imponiendo las reglas de juego del mercado internacional, en las reuniones del G-7 (grupo los siete países más industrializados del planeta formado por Estados Unidos, Canadá, Japón, Reino Unido, Francia, Alemania y Italia) y en las del Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y de la Organización Mundial del Comercio (OMC), donde estos países tienen mayoría en las decisiones, aunque representen a menos del 15% de la población mundial, de manera que las decisiones que se toman implican que las relaciones de intercambio comercial sigan siendo profundamente injustas para los países del Sur.

Así pues, los países del Sur no pueden negociar los precios de venta de sus materias primas, que siguen siendo sus principales productos de exportación, porque éstos están fijados a la baja por el mercado de valores. A su vez, estas materias se ven sometidas a elevados aranceles para poder introducirse en los mercados del Norte.

Debido a esa especialización, las economías del Sur tienen que importar muchos de los productos básicos y manufacturados para poder subsistir, ya que no han logrado producirlos en su propio país. Sin embargo, dichos productos, procedentes su gran mayoría del Norte, no están sometidos a esa cuota arancelaria tan elevada para penetrar en los mercados del Sur, ya que los gobiernos del Norte exigen, desde su posición de fuerza como acreedores, la apertura de estos mercados del Sur sin tener, a cambio, que abrir ellos sus mercados estratégicos en el Norte. Es más, los países del mundo industrializado subvencionan sus exportaciones agrícolas con 365.000 millones de dólares anuales, arrasando de esta manera, la producción agrícola de los países empobrecidos. Según un estudio de las ONGD del Estado, los países del Sur pierden 700.000 millones de dólares al año a causa de las desigualdades del mercado, cifra que supone unas 20 veces lo que estos países reciben en concepto de AOD.

Todo esto implica un constante desequilibrio en la balanza comercial en los países del Sur, lo que a su vez incrementa la deuda y la poca capacidad de ahorro de estos países. La falta de ahorro interno es un impedimento para poder desarrollar políticas propias que permitan atacar el acuciante problema de la precariedad financiera, económica y social. Este hecho obliga a los gobiernos del Sur a tener que ir al mercado internacional a pedir créditos, cosa que aumenta aún más su pendencia económica con el exterior e incrementa, hasta niveles impagables, el total de su deuda externa.

Así pues, por más que estos países hagan esfuerzos para pagar esa deuda, nunca la acabarán de saldar, porque ésta, en parte se paga con nuevos créditos que deberán ser devueltos en siguientes ejercicios. Así, la bola de nieve de la deuda externa se va haciendo cada vez más y más grande.

De esta manera vemos como la exigencia del pago de la deuda externa por parte de los países del Norte a los del Sur es una de las causas que impiden el desarrollo de las sociedades del Sur. Según el informe del PNUD de 2000, en 1998 los países del Sur transfirieron al Norte más de 350.000 millones de dólares en concepto del pago de la deuda, cifra que supone casi siete veces lo que los países del Norte les prestaron en concepto de Ayuda Oficial al Desarrollo, algo más de 50.000 millones de dólares (PNUD 2000). Los acreedores de deuda (gobiernos, bancos, Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) exigen su pago sin querer asumir las responsabilidades que a ellos también les corresponde en la gestación y su posterior mala gestión del problema.

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Los acreedores son pues responsables de haber prestado esos créditos sin haber calculado suficientemente el riesgo de morosidad; como también son responsables, con sus políticas económicas, de que a finales de la década de los 70 los intereses alcanzasen niveles tan elevados que hiciesen que la devolución de los créditos fuera imposible.

Por otro lado, los Planes de Ajuste Estructural (PAE), impuestos por los acreedores del Norte a los países del Sur a mediados de la década de los ochenta, para que dichos países pudieran renegociar su deuda externa, no han arreglado la situación sino que aún la han agravado más. Los PAE fueron creados por el FMI y el BM como recetas de saneamiento válidas para todas las economías del Sur, bajo la creencia de que si se llegaban a ajustar los macroindicadores económicos, se crearía la suficiente riqueza en estos países para que ésta se pudiese repartir entre sus habitantes y así paliar la pobreza. Su aplicación era, y sigue siendo, condición sine qua non para que los países del Sur puedan recibir nuevos créditos. Estos planes de ajuste no tan sólo no han conseguido frenar la pobreza sino que, como vimos con anterioridad, ésta aumentó de manera exponencial en las últimas dos décadas, ya que en realidad, dichos planes fueron concebidos para asegurarse el retorno del pago de la deuda externa y no para redistribuir la riqueza. Dicha riqueza, en muchos de los países donde se han aplicado los planes de ajuste ni tan sólo se ha creado, ya que han obtenido crecimientos negativos. Según el PNUD de 1999, más de 80 países todavía tienen ingresos per capita inferiores a los de hace un decenio o más, y 55 países, la mayoría en el África subsahariana, en Europa oriental y en la Comunidad de Estados Independientes (CEI), han experimentado una reducción de su ingreso. Pero es que ni tan solo en aquellos países donde se han dado crecimientos positivos han mejorado los indicadores sociales, ya que este crecimiento económico precisamente se ha desarrollado a costa de devaluaciones de la moneda nacional, de la desregulación de la economía, de privatizaciones y de reajustes del gasto social que han afectado sobremanera a las bases sociales más castigadas, las cuales se han visto con menos poder adquisitivo, más inseguridad laboral y privadas de servicios básicos.

3Los acreedores por tanto, son responsables de los costes sociales y ecológicos que se derivan del pago de la deuda y que repercuten sobre los pueblos del Sur. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en nueve países los pagos del servicio de la deuda superaron el gasto anual en salud y educación, y superaron el gasto en salud en 29, incluidos 23 del África subsahariana, la región más mermada del planeta. En Tanzania, los pagos del servicio de la deuda son nueve veces el gasto en atención primaria de salud y cuatro veces el de educación primaria (PNUD, 1999).

Por otra parte, la aplicación de estas políticas de ajuste ha incentivado la explotación indiscriminada de los recursos naturales, ya que su exportación es una de las pocas maneras que tienen estos países para conseguir divisas para pagar la deuda. Este hecho, como es posible imaginar, ha afectado gravemente la sostenibilidad de los recursos en el planeta.
No obstante, no todas las causas que provocan las desigualdades económicas se encuentran fuera de los países empobrecidos. Existen también causas internas, tales como la ineficacia y la corrupción de los gobernantes que evaden capitales, malgastan los créditos en importaciones de bienes de lujo y de equipamientos armamentísticos que utilizan para imponer el orden y perpetuarse en el poder. Otras problemáticas internas que agravan la pobreza son la discriminación de la mujer, el reparto injusto de la tierra, la falta de una regulación que impida la explotación salvaje e impune de los recursos naturales a todos los niveles,… Todas ellas son causantes de injusticias que provocan y perpetúan la inestabilidad social y que impiden un desarrollo sostenible y sostenido que permita asegurar las necesidades básicas para toda la población.

Como se ha visto, estamos ante un sistema económicamente injusto, para las clases sociales más desfavorecidas, y medioambientalmente insostenible y dañino para toda la población mundial. La manera como se está desarrollando el actual proceso de globalización económica, sobre la base de recetas de economía neoliberal, que se están aplicando en los países del Norte e imponiendo en los países del Sur (a base de los planes de ajuste económicos) no está ayudando a acabar con las desigualdades en el mundo y los problemas medioambientales, sino que los está perpetuando y acentuado, ya que dicho proceso neoliberal no contempla ningún mecanismo de redistribución de la riqueza que se crea, ni de regulación de la explotación y consumo de los limitados recursos naturales de que disponemos.

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NINGÚN PAÍS NI SOCIEDAD ES POBRE. NOS EMPOBRECEN SISTEMAS OPRESORES
TIDUS COOP.

Muchas Gracias por la información a:
Colección: Cooperación Municipal al Desarrollo nº 5
Editado por: Portaferrissa, 13 bis, pral. 08002 Barcelona
Tel. 93 412 26 02
Fax 93 301 90 88
E-mail: fonscat@pangea.org

Municipalismo y solidaridad
© Confederación de Fondos de Cooperación y Solidaridad
Depósito Legal: B-35.109-2001 / Julio 2001
Montaje: ABC Disseny
Impresión: Agpograf

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